No soy persona hasta 30 minutos después de caer en mi adicción particular (bien una de ellas): el café. Pero si a la falta de esa ben/maldita sustancia le añades que tampoco había tomado mi desayuno (colacao con leche, y lo he dicho bien porque lleva más colacao que leche) y que me he despertado en una ciudad que no es la mía (Madrid) tras una noche de ser la princesa del cuento del guisante (mi colchón parecía un saco de judías secas), lo normal es que una parezca Mr. Bean durante un buen rato. ¡Pero no tanto!
Tras una hora en acreditaciones en la I Jornada de Negocios sin hablar, saludando con gruñidos y movimientos leves de cabeza, debido a mis neuronas dormilonas, he decidido escaparme de la Jornada para caer en la tentación de los vicios (y volver en las condiciones optimas para networkear) y he entrado en el bar… con el pie izquierdo. Sólo sentarme he dejado el bolso apoyado en un taburete y ¡puf! se ha caído taburete y bolso.
He pedido un colacao y al abrir el sobre ¡puf! ha salido todo volando. La camarera (que además estaba sola porque su “compi” no se había presentado) ya me miraba mal. Le he pedido un poco de leche caliente (para deshacer el colacao) y luego el resto de fria, para que no queme. Me miraba aún peor, como pensado: “y porque me han de tocar a mí todas las raras”).
Entonces he pedido un café con hielo, que al volcarlo (después de tirar el azúcar por la barra ¡puf!) se ha caído ¡puf!, claro. “Otro pase de bayeta” ha murmurado la pobre camarera.
Ha llegado el momento de pagar, he sacado el monedero del bolso y ¡puf! estaba del revés y todas las monedas han ido a para el suelo. Las he recogido, ya muerta de vergüenza, y he abonado mi consumición. Le he pedido el tiquet y ¡puf! el papel se ha acabado. A esas alturas yo ya pensaba: ¡¡¡Dios me quiero ir de aquí!!! Menos mal que ya me he tomado el café, sino seguro que la camarera me pone matarratas…
Me he levantado de mi taburete y me he dirigido al baño. Al pasar la puerta me he encontrado con una guardarropía enfrente y una larga sala en la que había puerta de wc de caballeros, de personas con movilidad reducida y… nada. El de mujeres no estaba! “Bueno, pues me meto en el de personas con movilidad reducida” y sólo abrir la puerta se cae una escalera, me tropiezo con una máquina y ¡puf! acabo en el suelo rodeada
de cables y trastos… He emprendido la huida. He salido corriendo. He escapado. Con las gafas de sol, el pelo sobre la cara, escondiéndome de mis propias miradas con la esperanza que no hubieran más ¡puf! en el día… Y afortunadamente no ha vuelto ha haber ninguno.
La I Jornada de Negocios ha resistido mis MrBeaneadas y está siendo una caña. Está todo el hotel lleno de gente hablando en pequeños grupos, las salas llenas de gente ¡interviniendo!, he visto pasar más tarjetas que el taquillero del metro, y con las presentaciones de los emprendedores dan ganas de networkear…
Pero… ¿Qué hacéis ahí? ¿Por qué no habéis venido?

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