Soy una mujer tic contenta: acabo de salir de la peluquerÃa y estoy preciosa. Esta feo que lo diga yo, la verdad… pero me siento asÃ: nuevo corte de pelo, nuevo color… una nueva yo por unos dÃas.
Mientras me hacÃan el masaje en el cuero cabelludo, he recordado que hace algún tiempo leà que el humano habÃa perdido la buena costumbre de acicalar. Acicalar a los demás como acto de aceptación social, reconocimiento de tu posición en el grupo, al estilo que lo hacen los chimpancés y orangutanes: tranquiliza, relaja. Estos actos de acicalamiento se han sustituido por sesiones en la peluquerÃa, que además del claro beneficio estético, nos da beneficios psicológicos. Nos hace sentirnos mas atractivos, llenos de confianza y nos recarga “las pilas sociales”.
Desde que leà ese comentario, mis visitas a la peluquerÃa se han hecho más frecuentes: lo cierto es, que independientemente del posible efecto placebo, el hacer algo por ti, como un nuevo peinado, o que una chica con dedos hábiles te lave la cabeza, hace más por tu buen humor que cualquier otra cosa. Bueno, quizás irte de compras pueda ser comparable. Y si ya te vas de compras después de ir a la peluquerÃa, es la re hostia. Eres la reina de la ciudad: no te pueden detener. Hasta te animas a ponerte tacones y botas altas, un poco de rimel y perfume del bueno para ir a trabajar.
En dÃas como hoy, me gusta ser superficial. Mirarme a los espejos a disfrutar de mis nuevos reflejos en el pelo, sedoso y manejable, como solo consigo que esté tras pasar por las manos de una buena peluquera, y siento que se desliza etéreo sobre mis orejas.
No se a vosotros, pero estos dÃas suele costarme concentrarme en el trabajo: tengo tantas ganas de seguir disfrutando de mi misma, que sentarme delante del ordenador y ponerme a pensar se hace un poco cuesta arriba. Siempre lo achaco a la inhalación de los vapores de los tintes.
