A mi no me importa el dinero: lo verdaderamente importante es lo que puedo comprarme con él…

Maldades de cine y apartamentos sin cama

Cuentan del famoso director y guionista italiano Federico Fellini que aunaba en su personalidad contradicciones tales como las surgidas de la combinación entre Proust y Picasso. Y para saber ésto no es necesario retroceder mucho en el tiempo pues actores como Donald Sutherland, traumatizado por su experiencia en Casanova, o Roberto Benigni, protagonista de La voz de la luna, su última película como director, así lo corroboran.

Se ha hablado de su carrera cinematográfica como una época dorada para la producción italiana pero también de un recorrido por la tiranía más absoluta. Fellini era tan perfeccionista y genial como déspota en los rodajes, pero la razón, según él, era bien sencilla: “El negocio del cine es macabro, grotesco: es una mezcla de partido de fútbol y de burdel”, así que él simplemente intentaba ganar el partido y llevarse a la mejor de las chicas a un “apartamento sin cama”.

La que más entrañablemente y mejor explica las relaciones de Fellini con las mujeres es la actriz Sandra Milo, que cuenta que unos pendientes de brillantes de Bulgari fueron la guinda de una tenaz insistencia para que ella, resentida con el cine tras Vanina Vanini, volviera a la gran pantalla y, aún siendo sólo una mujer más en la vida del director, nunca pudiera alejarse de él: “Amé a Federico locamente, tontamente, de una manera estúpida. De hecho él me llamaba bobalicona (…) Quizá su curiosidad era llegar al fondo del amor, a su porqué y a qué razón lo motiva. Fui su amante 17 años, pero no la única”. Buscaba y buscaba como si en las mujeres pudiera encontrar el secreto del mundo.

La actriz tunecina, que conserva cierta ingenuidad y una admiración viva hacia el genio, ha declarado en algunas ocasiones lamentar sólo una cosa: “No haberme despertado a su lado. Nuestros encuentros amorosos tenían lugar en apartamentos sin cama. Todo era fugaz, rápido”.

Así es como ella le recuerda, de un modo muy distinto al que le recordarán aquellos que en un principio se sintieron afortunados por ser elegidos por Fellini para hacer bulto en la película de 1954 La Strada y que, con el tiempo se dieron cuenta de que el director les retenía en aquel set muertos de frío bajo la promesa de que vendría a visitarlos Sophia Loren, entonces una de las grandes estrellas del cine italiano. Al final, y como el resto de los mortales, aquellos infelices tuvieron que pagar su entrada de cine para poder disfrutar de las mediterráneas curvas de la exuberante diva.

Responder